¡Alabao sea Pinar!


27/02/2013

Antes de llegar a la ciudad, uno siente la primera tentación de tomar un café en Las Barrigonas, un sitio a la vera del camino que debe su nombre a un tipo de palma oriunda de la región, cuyo tronco semeja el cuerpo de una mujer embarazada. De él se hacen canoas, muebles y hasta barricas para almacenar agua potable. En el referido local existe el único ejemplar doble de esta especie considerada prehistórica, pues el territorio más occidental de Cuba es también geológicamente el más antiguo de la Isla.

Al entrar a Pinar del Río, la Universidad Hermanos Saíz exhibe un tropel de jóvenes entrando y saliendo, y muy cerca, el hotel que lleva el nombre de la localidad ofrece sus bondades. Siguiendo un curso recto, se arriba al centro de la urbe, declarada villa el 10 de septiembre de 1867, por Real Decreto de la reina Isabel II.

El espacio urbano, diseñado a semejanza de otros poblados cubanos, tiene un parque central con glorieta, aunque el devenir de los años ha otorgado protagonismo a la calle Martí, por la que pululan los transeúntes a toda hora del día y donde se encuentran los principales establecimientos comerciales.

Y eso es lo primero que salta a la vista: la gente, amable y sencilla, con la que uno se topa en cualquier lugar, donde se habla decualquier cosa, pero fundamentalmente de pelota, como en la esquina de La Colosal. No es para menos, en una tierra que, además del tabaco, es cuna de grandes peloteros como Omar Linares, Alfonso Urquiola, Rogelio García, Luis Giraldo Casanova y Pedro Luis Lazo, este último un aficionado impenitente al Habano.

Para nuestra suerte, el equipo de Excelencias tuvo la oportunidad de ser acompañado y guiado por un personaje típico de Pinar, Rafael Cao Fernández, periodista, realizador de televisión, lector de tabaquería, y anfitrión de una peña cultural donde se reúnen artistas locales e invitados. 

Policromía maravillosa

La edificación más singular de Pinar del Río, y quizás una de las más extrañas de Cuba, es el Palacio Guasch, que hoy alberga al Museo de Historia Natural. Resalta por una abigarrada arquitectura que combina excéntricamente estilos tan disímiles como el gótico, renacentista, romántico, egipcio, islámico, bizantino, musulmán y el art ­nouveau característico de la época en que se empezó a construir.

Se trata de un eclecticismo sui géneris derivado de las influencias de su creador, el doctor Francisco Guasch Ferrer, que trasladó al edificio el influjo de su estancia en Barcelona con aires de Gaudí. A esos atractivos visuales podríamos adicionar las esculturas en piedra de dinosaurios a escala real, que contribuyen al ambiente mágico y seductor de este sitio.

Otro emblemático inmueble es el teatro Milanés, donde se filmó la célebre película cubana La bella del Alhambra, rescatado con sus valores propios de la época colonial, con su patio La Piscuala, flor asociada a la región.

En el hotel Globo aún funciona, impresionante por su combinación de bronce y madera, el reloj de 1910 concebido por el alemán J. F. Weuler, hoy a cargo de José Betancourt Ordaz. 

Desde allí, una vista desde el mirador de Pinar del Río muestra el acostumbrado paisaje urbanístico de techos de tejas criollas y francesas. Un panorama de plácida belleza solo alterado por el movimiento de los transeúntes y vehículos en las calles.

Al caminar por esas arterias se puede tener una idea del llamativo eclecticismo citadino, en el cual confluyen una y otra vez elementos del neoclásico, art déco, art nouveau, e incluso el racionalismo. 

Por lo general, la arquitectura vernácula pinareña, al igual que en otras localidades del país, recibió esas influencias modernas sin transformarse a fondo, por lo que destacan las combinaciones de estilos y tendencias en las fachadas, sin menospreciar algunas variaciones de los últimos años que han añadido otras características no siempre armónicas, pero definitorias. 

A lo largo de las aceras, los soportales, varios de ellos, además, con toldos alusivos a negocios particulares de reciente incorporación, han otorgado a Pinar el sobrenombre de Ciudad de los Portales, que hoy despliega aún más su maravilloso colorido.

Ciudad de cantos y encantos

La fábrica de tabacos Vegueros «Francisco Donatién» es también un sitio de visita obligada. En ese espacio verdaderamente tentador para prender un buen puro, el «Chino», bartender de Palmares, nos dice que hace unos minutos se había marchado un asiduo del lugar: Mijaín López, doble campeón olímpico de lucha grecorromana, quien ganó su más reciente medalla de oro en los Juegos de Londres 2012.

Es un sitio, diríase, de ineludible peregrinación. Así lo confirma el maestro Norman Milanés, fundador de la Banda Municipal de Conciertos, que nos cuenta de su preferencia por los Habanos y por tocar en Pinar del Río. Junto a él, el joven maestro español José Enrique Martínez de Estévez se muestra igual de entusiasta por compartir la labor de dirección de la banda con su actual batuta, Emilio Rey Barrio.

La música es otro de los dones de esta localidad. Uno de sus máximos exponentes fue Pedro Junco, joven desdichado que legara a la música cubana y universal el muy reconocido bolero Nosotros, interpretado a lo largo del tiempo por voces isleñas y del mundo, como es el caso de la orquesta Aragón y el cantante mexicano Luis Miguel.

Una vez en esta región, viene siempre a la mente otro tema famoso, Me voy a Pinar del Río, en las voces excepcionales de Tito Gómez, Celia Cruz y Benny Moré, entre otros, que llama a la región «jardín hermoso del Occidente», dotado de una «policromía maravillosa». 

Conversando con los pobladores, se escucha una y otra vez decir ¡Alabao!, frase que se ha convertido en sello de identidad de los pinareños en toda Cuba. Y con toda razón, pues de un terruño donde señorean el tabaco, el béisbol y la música, emanarán siempre elementos decisivos de la cubanía.