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27/02/2012

Amén del afán de aventuras que le acarreara el reconocimiento real empinándolo a otra imensión, el viaje de Colón tuvo en sus inicios el propósito de arrebatar a los grandes  mercaderes de Florencia, Venecia, Pisa y Génova –que se supone fuera la cuna del experto marino en 1541–, el monopolio del comercio con Asia y Arabia, de donde importaban artículos de factura y productos agrícolas que eran luego vendidos a precios altísimos a otras partes de la empobrecida Europa.
El conocimiento de aquellas tierras era secular. Pero los viajes marítimos hasta ellas a través del Cabo de Buena Esperanza por la costa atlántica de África, para adentrarse después en el océano Índico, requería meses de peligrosa navegación. El sur de Arabia, la India o los fondeaderos de China se hallaban demasiado distantes y se hacía menester encontrar una ruta más corta, que disminuyera el riesgo de merma de los productos y el peligro de los piratas berberiscos, siempre atentos al asalto y usurpación de lo ajeno.
A despecho de la marinería de cabotaje, a mar abierto, Colón fue a parar a algún sitio desconocido y dio con tierra hermosa habitada por seres que hablaban en lenguas nunca antes escuchadas; individuos cobrizos, amistosos, desprendidos, que brindaban frutos tomados de los árboles del bosque o los productos de la pesca y de la caza.
Eran, sobre todo en las islas, culturas muy atrasadas respecto a las del Viejo Continente,  civilizaciones que desconocían métodos agrícolas de técnica avanzada y que en muchos casos ni siquiera se dedicaban al cultivo, sino a la recolección de lo que la naturaleza pródiga les proveía.
Unas tierras feraces, de lluvias abundantes y henchidas de selvas vírgenes con una fauna exuberante, daban a sus pobladores aislados todo lo necesario para alimentarse de manera incluso balanceada y sana.
En ese confín lejano de las fronteras arenosas de Arabia o del clima caótico de los monzones asiáticos, había un mundo distinto, aunque Colón creyese que se trataba del mismo mundo antes descubierto por Marco Polo, pero visto desde otra perspectiva.
A tenor con la impresión dejada por las especies raras y sorprendentes del reino animal americano, los expedicionarios no salían del deslumbramiento: los nativos, pródigos en el convite, tenían una dieta generosa en variedad y eran musculosos y sanos.
Por su nobleza o quizás como reacción frente a aquellos seres de armaduras plateadas y alabardas que en lugar de llevar filo, dispensaban fuego, los indios fueron abiertos en brindar a los recién llegados sus manjares suculentos: jutía o manjuarí, platos derivados del maíz, mandioca o yuca, y algo que hoy es de consumo universal –la patata-, como el pimiento y el tomate también lo son; así como frutas dulces y maravillosas, entre las que están los papayos, los mameyes, los zapotes y los aguacates, junto a un líquido revitalizante extraído del cacao.
Una hoja de peculiar aroma, parda y torcida, en uno de cuyos extremos ardía y del otro se aspiraba, que los habitantes originales de Cuba llamaban cohibas, rápidamente llamó la atención de los europeos. Resultó tan atrayente y curiosa que la llevaron con ellos de vuelta a casa, como parte de lo que debía mostrarse irremediablemente a los miembros de la corte y a los Reyes Católicos,  que dieron el beneplácito a la expedición, de 1492.
Aquellos primeros encuentros constituyeron el inicio del flujo de productos desde o hacia las tierras «cultas» con las Indias Occidentales. Empero la idiosincrasia, las circunstancias, los gustos o las preferencias harían de las suyas; y únicamente a través de largos años impuestos por el paulatino proceso de colonización y asentamiento, de uno y otro lado de la «mar océana», comenzó a asimilarse lo que hasta entonces les había sido ajeno a sus pobladores, en  la medida que la mezcla de razas daba paso al mestizaje, y la amalgama costumbrista emergía en transculturación.
Fue la ambición por el oro y los minerales preciosos, la causa de que se desvirtuara, en quellos primeros siglos, el intercambio cultural que tanto aportó a unos y a otros, pues, como se sabe, en esa América que primero fue el Nuevo Mundo, no reinaron ni la reciprocidad ni la permuta, sino mayoritariamente, la imposición y la fuerza.
Pero el tiempo se erige en juez y parte. De la Europa ilustrada se legaron en América muchos de los productos o ganados que aunque se creían propios de esas latitudes, eran autóctonos de los confines africanos, arábigos o asiáticos, como los cerdos, los caballos, las vacas, las cabras, las gallinas; el trigo, los cítricos, el arroz, el café, el banano, la caña de azúcar…
En igual medida, ocurrió con la prodigalidad de las tierras americanas, donde si apartamos la palma datilera, y algún otro cultivo que nunca tuvo una adaptación aceptable en los suelos tropicales del nuevo continente, cualquiera menos informado se atrevería a asegurar que el frijol y la vid son oriundos de Chile; el café de Colombia y del Brasil; los bananos, de Centroamérica y Las Antillas; la caña de azúcar, de Cuba; o incluso el arroz y el trigo, que siendo todavía hoy tan asiáticos, de Estados Unidos de Norteamérica y otras tierras de este mundo donde se cultivan y producen en volúmenes colosales; sin contar además los cítricos, por enumerar solo algunos ejemplos.
En cambio el tabaco, aquel sorullo que llevó el propio Cristóbal Colón a Europa al regreso de su primer viaje como una rareza de las costumbres de las nuevas tierras, se cuenta entre los de mayor impacto en esa identificación cultural que germinó con la conquista y se expandió por el mundo, pero que siguió anclado a su lugar de origen, como algo exclusivo de su entorno.
En ello debió influir, también, su propia historia, pues el tabaco fue en un principio satanizado por los dogmas inquisidores, favorables a la postre, pues ya se sabe que pocas cosas prenden con tanta fuerza en los seres humanos como aquellas a las que se les tiende el cuño de lo prohibitivo.
Luego, como un escape a lo imposible, se dijo que poseía facultades medicinales y comenzó a recomendarse en el tratamiento de ciertas dolencias, bien en forma de rapé o como cataplasmas.
Cabe pensar ahora, imaginar o soñar, a 520 años del encuentro de los europeos con el tabaco en Cuba, que entre los señores del viejo cabildo de La Habana a alguien debió ocurrírsele que, después de las oraciones fundacionales, había llegado la hora de que sus manos industriosas moldearan el barro para producir elementos de construcción, mientras otro optó por instalar un atracadero al que pudieran arrimarse las pesadas carabelas o las ágiles galeras llegadas de allende los mares; y así, mientras el tiempo  pasó, un tercero vio la posibilidad del próspero mercado en la agricultura, la cría de  ganado y la producción de mieles o azúcar de caña… Fue donde habría de aparecer cierto adicto a la nicotina del sorullo del tabaco, que tuvo la idea de armar un taller para torcer la hoja de la aromática planta, con mejor acabado y mayor valor.
Fue, sí, uno de los más sencillos cultivos de una América precolombina heterogénea, sin unidad cultural ni identificación en cuanto a adelantos tecnológicos, pero el más dependiente, quizás, de su medio original y por eso tan poco adaptable en otras tierras.
De tal forma la modesta hoja venerada por unos seres cuyo primitivismo y nobleza constituyeron la mayor razón de su exterminio, tan cubana como siempre llegó con los siglos –cual homenaje póstumo a una raza inofensiva y buena–, a cambiar los hábitos de vida y sobremesa de ciudadanos comunes y hasta de gobernantes, magistrados, nobles y reyes, ahora como un detalle inevitable de final feliz para las ocasiones o momentos más sublimes en los que siempre se alude a una referencia irrepetible y se hace presente el Habano, como clímax del convite y gran embajador de Cuba en cualquier lugar del mundo .
 

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