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27/02/2013

Después que España fomentó en Cuba la siembra y cosecha del tabaco, convertido en el siglo XVIII en un gran negocio, el número de vegueros y de tabaquerías para exportar los puros terminados crecieron notablemente. Desde principios del XIX las fábricas comenzaron a adquirir fama y prestigio. A mediados de esa centuria surgieron muchas de ellas, así como diversas marcas y se desarrollaron la cosecha agrícola y la industria manufacturera. 

En las tabaquerías cubanas nacieron los obreros, que permanecían largas horas sentados en sus puestos, manejando con la chaveta –un instrumento para cortar–, torciendo las hojas, elaborando las vitolas o dándole fina terminación a cada puro. En esas circunstancias germinó la idea de romper el silencio que acompañaba estas labores con la voz de un lector.

Algunas fuentes aseguran que fue en 1864, en el taller de Viñas de Bejucal, cuando surgió la figura del lector de tabaquería, un singular personaje que ha llegado hasta hoy, convertido en una de las más hermosas tradiciones de la cultura cubana. La experiencia se trasladó a la capital al año siguiente y se apunta que uno de los primeros sitios donde la idea tuvo aceptación fue en la Fábrica El Fígaro, de Julián Rivas.

Muy pronto la práctica de la lectura de tabaquería se extendió por algunas industrias habaneras, no siempre con el beneplácito de los dueños, que la prohibieron por considerar que distraía la atención y bajaba la productividad. Se dice que Jacinto de Salas y Quiroga fue quien defendió de manera apasionada el ejercicio de la lectura de periódicos y libros mientras los obreros trabajaban. 

En esta controversia, el intelectual Nicolás Azcárate participó a favor del lector de tabaquería, desde su tribuna oratoria en el Liceo de Guanabacoa. El periódico El Siglo apoyó este ejercicio junto a algunos dueños de marcas famosas, como José Cornelio Suárez y Jaime Partagás, mientras que otros rechazaron esta novedad porque estaban convencidos de que serviría para estimular el ocio.

La batalla para que se aprobara la lectura de tabaquería fue ganada por los obreros porque demostraron la validez de un proyecto cultural que lejos de obstaculizar la productividad, la aumentaba, pero como, además, los operarios adquirían una gran cultura, en el Congreso Obrero de 1892 se apoyó esta iniciativa.     

La lectura de tabaquería se estableció como elemento esencial en las fábricas cubanas, y sus practicantes adquirieron habilidades diversas, no solo en la neutra lectura de la prensa, sino en la dramatizada de las novelas, a tal punto que se ha convertido en una especialidad que exige buena voz, entonación precisa, cambios de matices de acuerdo con situaciones y personajes, y hasta una buena dosis de imaginación, pues algunos han tenido que inventarle el final a una novela a la que le faltaban las últimas páginas. 

Lectores y lectoras –pues ya han entrado las mujeres en el antaño coto cerrado– constituyen hoy personajes muy apreciados en las tabacaleras cubanas, que conservan celosamente no solo las tradiciones del oficio, sino también la de la lectura, cuya sabiduría, belleza y emociones parece trasmitirse misteriosamente a ese producto insuperable: el Habano.

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