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23/02/2014

Desde hace más de siglo y medio, una pequeña villa rural ubicada casi en el extremo suroccidental de Cuba, despierta en los amantes de los Habanos una intensa curiosidad y el irrefrenable deseo de —por lo menos una vez en su vida, como fieles peregrinos— visitar esa tierra bendecida por la naturaleza, para rendirle culto al mejor tabaco del mundo.

Y no es que fuera el primer sitio donde Cristóbal Colón descubrió a los nativos deleitándose con los efluvios de la aromática hoja, que también utilizaban en sus ritos. Lo cierto es que tanto se impresionó el Gran Almirante que decidió llevarla a Europa, como si adivinara sus mágicas propiedades para seducir a monarcas, clérigos y potentados para que se animaran a seguir financiando sus viajes. 

No tardó en conseguir devotos y adeptos que secundaran sus planes, siempre que trajera muchos más ejemplares de aquella hoja maravillosa. No sabían que todavía les faltaba por conocer lo mejor. El destino tenía reservado un futuro excepcional a San Juan y Martínez, un inexplorado territorio aún sin nombre, de peculiares características de suelo y clima, en una región que con el tiempo se conocería como la mítica Vuelta Abajo.

Desde el siglo XVI comenzó en esta zona el fomento de la ganadería y la agricultura de subsistencia. Según historiadores, la primera casa se construyó en 1702 por Benito Lorenzo Ríos, y la primera Iglesia, edificada de tabla y guano por el maestro carpintero Don Tomás Carballo, se levantó en 1760, bajo la advocación de San Juan Bautista. En 1797 el pueblo era una aldea de poco más de 12 casas de guano.

Durante la primera mitad del siglo XIX el caserío fue destruido en dos ocasiones: por un ciclón en 1814 y por un incendio en 1828. Solo a partir de 1850 aumenta la población y se construyen casas de mampostería, barro, guano y tejas. En 1863 se erigió la Iglesia de mampostería, y también para ese año se realizó el trazado del Cementerio. 

Por fin había comenzado el auge del cultivo del tabaco. Un soñador se había mudado al pueblo, empeñado en transformar una extraña hacienda ubicada en un bajío a la entrada de la aldea en verdadera joya tabacalera dedicada a una mujer, el amor de su vida.

 

UNA MARCA CON LINAJE DE CUNA

A diferencia de otras marcas de puros cubanos, que alcanzaron notoriedad al tomar el nombre de personajes históricos, artísticos, novelesco o de protagonistas de la política o la diplomacia admirados por su trayectoria, Hoyo de Monterrey debe su nombre a la plantación vueltabajera de donde procedían las hojas utilizadas para su confección. El linaje le venía de cuna.

Su historia se remonta al año 1860, cuando el catalán José Gener Batet compró aquellas tierras, consideradas entre las mejores de la región, y de inmediato puso en práctica todo lo que había aprendido desde su llegada a Cuba en 1831, con 13 años de edad, para trabajar en las vegas de un tío en Vuelta Abajo. Al cabo de 20 años de aprendizaje de los secretos más íntimos del tabaco decidió trasladarse en 1851 a La Habana y abrir su propia tabaquería, a la que no casualmente llamó La Escepción.

El toque excepcional de sus puros se lo daría, a partir de 1860, aquel tabaco distinguido por su aroma y especial suavidad. Podía darse el lujo de proclamar en las etiquetas de sus cajas de cedro: “esta fábrica es la única que puede elaborar tabacos de esta clase por ser de su propiedad la vega que lo produce”.

Desde su llegada a la finca ordenó desviar el cauce del río para aprovechar al máximo los suelos y así obtener un mayor rendimiento. En apenas 20 hectáreas de terreno consiguió levantar una vega modelo, enmarcada desde la propia puerta de entrada por dos gruesas columnas, coronada por una verja de hierro en forma de arco de medio punto, adornada por rayos que semejan un sol radiante al amanecer. Todavía se conserva, con la famosa inscripción: “Hoyo de Monterrey. José Gener. 1860“. Las fotografías de la época revelan el esmero que puso en cada detalle. La cerca perimetral, la casa principal, la guardarraya de mangos que conduce a las casas de curar tabaco.

Admirada por su histórica leyenda, las vegas de Hoyo de Monterrey constituyen hoy un apreciable destino turístico que concede una extraordinaria amenidad a San Juan y Martínez, especialmente en la época invernal cuando se encuentran en apogeo las labores de la cosecha.

Una tarja perpetúa la importancia del sitio, declarado monumento municipal en 1969, y zona de protección en 1996. 

Situado a unos 180 km. al oeste de La Habana, y a 20 km. al oeste de la ciudad de Pinar de Río, los  municipios vecinos de San Juan y Martínez y San Luis, constituyen el núcleo de la zona del mejor tabaco del mundo. 

Aquí el visitante podrá apreciar en todo su esplendor la cultura del tabaco, su cultivo, cosecha, la cura en las llamadas casas de tabaco y el beneficio en  los despalillos y escogidas.

Una amplia autopista permite llegar por carretera, con la variante de hacer un breve desvío para asomarse al Valle de Viñales, apenas unos pocos kilómetros antes de Pinar de Río. Desde ahí, a ambas orillas de la carretera, comienzan a aparecer las plantaciones de tabaco, caracterizadas por su orden y simetría, un rasgo de elegancia de los Habanos que viene desde su nacimiento. 

Gener utilizó por primera vez el nombre de la vega Hoyo de Monterrey como marca de tabaco en 1865. El suave sabor de su ligada lo convierte en una opción atractiva para aquellos que gustan de un Habano de menor fortaleza, delicado y aromático, con gran elegancia y complejidad.

La marca adquirió justificada fama y distinción desde época muy temprana, especialmente en el mercado británico, y la fábrica de José Gener se convirtió en una de las mayores de Cuba.

En la década de 1940 fue creada la serie Le Hoyo, a la que se incorpora este año una nueva vitola (Le Hoyo San Juan) en homenaje al terruño natal de esa marca universal, lo que sin dudas se tornará en un acontecimiento histórico del fabuloso mundo de los Habanos.

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