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24/02/2014

Juan Formell & Habanos

«Mi relación con el Habano es fundamentalmente cultural. Aunque no fumo hace más de quince años, y cuando lo hacía era principalmente cigarrillos, en alguna que otra ocasión aceptaba un Habano cuando me lo brindaban después de una cena o como regalo, pero no era habitual». «Lo que más me gusta es todo el simbolismo que encierran, porque los Habanos, al igual que nuestra música, son parte de la cultura cubana, de nuestra idiosincrasia. Por eso nos entusiasma tanto el concierto que ofreceremos en la Noche Inaugural del XVI Festival del Habano». «Pensamos tocar una serie de piezas antológicas de los Van Van, que van a cumplir cuarenta y cinco años, y de las cuales muchas se han convertido en clásicos de la música cubana. Haremos un recorrido por la historia musical de la orquesta, y aunque es imposible poner las más de trescientas piezas que tenemos, trataremos de que estén las más representativas».

 

Se graduó como profesor de inglés, y hasta hizo traducciones, pero lo cierto es que el gran Juan Formell, nacido en la barriada habanera de Cayo Hueso, vino a este mundo, sobre todo, para renovar la música popular cubana y fundar, en diciembre de 1969, los Van Van, sin dudas la mejor agrupación de su tipo  en la historia de esta Isla, que es pura melodía.

Adorado por los bailadores y respetado por conocedores y especialistas, se convirtió en admirado instrumentista, compositor y arreglista, gracias a la influencia de su padre, músico de oficio, amigo de ilustres como Ernesto Lecuona y Bebo Valdés.

“Me fascinaba ver a mi papá sentado en el piano escribiendo música. Era un copista excelente: copiaba la música de modo que parecía letra de imprenta... Es decir, que la música me viene por dentro, por herencia, aunque a lo que yo aspiraba era a tocar el bajo, instrumento que es como la columna vertebral de una orquesta”, le gusta contar al autor de temas que de tanto escucharse se han convertido en himnos para la gente de esta tierra.

El ambiente musical que lo rodeaba en el afamado Callejón de Hamel, donde dio sus primeros pasos, también resultó esencial para quien el pasado año recibiera dos significativos premios que avalan su notable carrera artística: el Grammy a la Excelencia Musical (otorgado por votación del Consejo Directivo  de la Academia Latina de la Grabación a artistas que han realizado “contribuciones creativas de  excepcional importancia artística en el campo de la grabación durante sus carreras”); y el WOMEX al Artista 2013, que se concede desde 1999 a figuras relevantes de la música internacional, “como reconocimiento a la excelencia musical, la importancia social, el éxito comercial, el impacto político y la trayectoria”.

“Siempre lo digo: fue una dicha desandar esas calles alrededor del callejón de Hamel y del callejón de Espada. Ahí se reunían Ángel Díaz, César Portillo... Verdad que en ese entonces era muy niño, -tendría unos 10 años-, y todavía no participaba, pero no permanecía indiferente”, recuerda con frecuencia.

Eran, asimismo, los tiempos de la Aragón, de Arsenio Rodríguez, pero, además, de Elvis Presley, los Beatles... Y Formell lo absorbió todo como desesperada esponja, como mismo fue descubriendo el jazz, la música brasilera, y se dedicó a estudiar los ritmos del Caribe: el reggae, el merengue... Tomando de unos y de otros, ideó el songo, “una nueva música bailable cubana, con el son como base, pero que en sí no es lo mismo”.

No habían dudas: como en su momento también lo lograron Chucho Valdés con Irakere, o El Tosco (Jorge Luis Cortés), por solo mencionar dos casos, este creador reconocido en 2008 con uno de los tres Premios Mundiales Especiales que entregó el jurado de la World Entertaiment Organization (WEO), rompió con los esquemas de la música que dominaba hasta el momento.

Mas eso cristalizó después, cuando Van Van se convirtió en indiscutible realidad. Antes fue necesario para Formell aprender, por ejemplo, de Juanito Márquez, responsable de los arreglos a instituciones como la Riverside y Hermanos Avilés; y formar parte de la tropa que comandaba Elio Revé. Sin embargo, confiesa, “en lugar de adaptarme a aquel formato (la charanga), comencé a hacer los arreglos, a componer, ¡y levantó la orquesta! Entonces me dije: ¡espérate, yo tengo la bola para esto!”.

Luego de esa experiencia, tremendamente enriquecedora, llegaron los Van Van, cuando Cuba soñaba con que alcanzaría una zafra de 10 millones de arrobas de caña. “En realidad, enfatiza Formell, el nombre no surgió en favor de la zafra, que se hallaba en su pleno apogeo. Pero había una cantidad increíble de slogan en la televisión, la radio... “¡De que van, van!“. “¡Oye, eso va y de que va, van van!“...

“Ocurrió que a la hora de buscar cómo llamarle, los nombres que proponían los músicos eran muy largos, y yo: „caballeros, debe ser un nombre más efectivo, que sea pam, pam, una cosa así...“. Y, entonces, „bueno, ¿por qué no Van Van?”.

De ese modo inició su camino exitoso una agrupación que también ha sido escuela, y que tiene a su haber cinco discos de Platino (dos por el álbum Ay, Dios, ampárame, y tres por Lo último en vivo), y uno de Oro por la contundencia de 25 años de Juan Formell y los Van Van. Como un cronista social ha sido calificado Juan Formell, autor de hits que aún motivan a los más exigentes bailadores del planeta, al estilo de El buey cansao, Anda, ven y muévete (versionado por Rubén Blades), La foto en la prensa, La titimanía, El negro está cocinando, La Habana no aguanta más... Pero a este hombre le interesa igualmente deslizar la crítica social, sin abandonar el fino humor criollo, el doble sentido que le legaron maestros como Matamoros, Piñeiro, Ñico Saquito y El Guayabero.

“A veces escribo textos que son críticos; otras, crónicas, pero tienen un por qué. Eso sí, uso un lenguaje sencillo para que el bailador pueda disfrutarlo. Me gusta estar en la calle, porque allí aparecen las frases más ingeniosas. Y de una frase hago la historia y el montuno, fundamental, pues es lo que repite la gente y provoca al bailador. Esa es nuestra diferencia con la salsa de Nueva  York o de Puerto Rico”.

Fue ese inconfundible montuno del que habla el ganador del Premio Nacional de la Música 2003, lo que movió a las miles de personas que se reunieron en la Plaza de la Revolución para ser testigos del aún recordado Concierto Paz sin Fronteras, que convocó a varias estrellas internacionales.

“Enseguida entendí que el papel de Van Van en ese momento era trascendental. Sabía que debía atrapar de una forma o de otra a ese millón de personas reunido en la Plaza. Y la mejor manera era poniéndole “bomba“, que es lo que te sale de bien adentro. Y vi a Olga Tañón y a Miguel Bosé llorando. De repente, en los Van Van estaba toda Cuba”. 

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