Lecturas, lectores y lectoras de tabaquería


21/12/2010

Lecturas, lectores y lectoras de tabaquería

La alta y ancha fachada de la fábrica de tabacos H.Upmann semeja la entrada a un enorme museo o una imponente catedral, de estilo neoclásico, coronada por su conocido escudo, mientras a sus puertas flota una bandera cubana.

Erguida en la famosa calle 23, del céntrico barrio habanero del Vedado, en el tramo comprendido entre 14 y 16, esta legendaria factoría de puros mantiene vigente la figura del lector de tabaquería, surgida en 1865 por iniciativa de los propios torcedores.

Actualmente, es una atractiva mujer, amable, locuaz, de voz clara y educada, quien desde hace 15 años se planta en su estrado frente a la enorme galera de más de 230 torcedores, para ejercer con profesional maestría ese tradicional oficio,  que tantos aportes ha hecho a la industria tabacalera y la cultura cubana. Su nombre: Gricel Valdés-Lombillo Pérez. En su compañía nos adentramos en este sugestivo personaje de la industria tabacalera.

La Historia de Cuba recoge con precisión que fueron Don Nicolás Azcárate, hombre letrado y de alta sensibilidad, apoyado por el periodista Saturnino Martínez, quienes tomaron la iniciativa de establecer la lectura a viva voz para ilustración de los tabaqueros y lograron la aceptación de los talleres El Fígaro.

Ya en esa época de mediados del siglo XIX, coincidente con el período de maduración de las ideas independentistas en Cuba, arte y literatura universal inician un asociación creciente con la industria tabacalera de la Isla, que termina por consolidar en la manufactura, imagen y presencia de los habanos un acentuado rasgo de la identidad cultural de la nación caribeña.

Es conocido que hoy dos de las marcas de habanos de mayor demanda en el mercado mundial, como Montecristo o Romeo y Julieta, derivan sus nombres de la especial relación establecida por los lectores de tabaquería entre los torcedores y los autores de aquellas obras: Alejandro Dumas y William Shakespeare, lo que  tampoco escapa al ingenio de los propietarios de talleres al escoger un símbolo del mayor prestigio para su producto.

Ese es uno de los misterios más sugestivos del habano, esa relación culta, elevada y espiritual, que asocia el disfrute de la lectura o la apreciación visual de envases ricamente ilustrados con el placer de sentirse invadido por los aromas del tabaco y sus embriagantes efectos, tal vez con la misma sensación de éxtasis que pudo apreciar en los pobladores aborígenes de la isla que llamaban Coiba el primer explorador europeo enviado por el almirante Cristóbal Colón.

A partir de 1865, la lectura en la galera se extiende a otras fábricas, como la también famosa Partagás, y con el devenir histórico de la Isla convierte al lector de tabaquería “en individuo clave, que hizo de los tabaqueros los trabajadores más cultos y politizados de la época en que se forja la nacionalidad cubana y la isla lucha por su independencia”, según afirma Roberto González Echevarría, en la presentación del libro El lector de tabaquería: historia de una tradición cubana,  de la mexicana Araceli Tinajero, considerada una de las investigaciones más serias y completas sobre el tema.

No es casual que José Martí, el magistral poeta, periodista y ensayista, organizador de la Guerra de Independencia, acudiera a los tabaqueros en su prédica y ejerciera como lector ante los torcedores, en su apostolado libertador.

Hoy en una fábrica enorme y moderna como H. Upmann la voz de la lectora de tabaquería trasciende la galera y se escucha desde el propio saloncito de entrada, mediante un sistema local de altoparlantes, para deleite de todos los trabajadores.

Su experiencia anterior de profesora, durante 23 años, le permiten a Gricel “interpretar” con credibilidad los personajes de una novela o imponer el timbre adecuado a la lectura de las noticias de periódicos y revistas.

A su tarea también contribuye el Museo del Tabaco, que capacita a los lectores mediante cursos de arte, literatura, locución y dramatización, entre otros.

El reconocimiento de los oyentes, que la siguen concentrados mientras elaboran con esmero sus habanos, le llega con el masivo golpetear de las chavetas sobre las mesas, un resonante aplauso que estremece corazones.

“El día que por alguna razón no hay lectura, ellos sienten que les falta algo,” afirma Gricel. Son tres turnos de lectura, dos en la mañana y otro en la tarde. Ellos acompañan su faena productiva con el tiempo de lectura.

“Cuando yo termino, ellos saben que lo que les falta es pasar capa”, dice con  gracia esta habanera del barrio de Cayo Hueso, que impregna a  sus gestos y palabras el porte elegante del mejor habano.