Para caer a sus pies


23/02/2015
Por José Luis Estrada Betancourt. Fotos Ferval / Archivo Excelencias

Bella se ha sentado en el balcón, abanicando la ilusión de que esta noche sea amada... Sábanas blancas colgando en los balcones... Una ciudad rodeada de mar es como un amor detrás del cristal...

Oh, el mar... del Atlántico proviene uno de sus principales encantos de la villa fundada el 16 de noviembre de 1519. Gracias al imponente océano nació, por ejemplo, el Malecón que distingue a la capital cubana. Cual kilométrica serpiente de concreto se extiende este muro que bordea parte de la preciada bahía en forma de bolsa, donde hoy se dan cita nativos y visitantes, pescadores y enamorados, trovadores y vendedores ambulantes... Igual que ocurrió en su tiempo, cuando atrajo a piratas, corsarios y a ambiciosos imperiales, quienes enseguida entendieron que era dueña de uno de los puntos clave en el tráfico comercial americano en el siglo XVI.

De pronto España también comprendió que debía cuidar una de sus principales joyas y se dio a la tarea de emprender su fortificación. De ese modo se originó el más impresionante y completo sistema defensivo en una ciudad de la América española, a partir de la construcción de espléndidas fortalezas al estilo de los castillos de los Tres Reyes de El Morro, de San Salvador de la Punta y de San Carlos de la Cabaña. Así cobraban vida edificaciones que sentaron los cimientos de lo que luego sería la altamente valorada arquitectura cubana, que en La Habana sobresale de manera especial.

Pasa que en esa urbe se fusionan con total armonía lo románico con elementos góticos, renacentistas y de la cultura morisca. Y es entonces cuando se impresiona con los muros de cargas reforzados con contrafuertes y pilastras, los arcos de medio punto, ojival y de herradura o lobulado, los techos a dos aguas, los balcones volados, las cenefas elaboradas con piezas de cerámica vitrificada... Todo muestra de una arquitectura colonial que evolucionó hasta el siglo XIX, asimilando, además no solo al barroco y al neoclásico, sino también al eclecticismo y a otros estilos más modernos, que aparecieron en el XX.

Cierto que no pocos quedarían prendados con tan solo atravesar el túnel de la Bahía para dar con un pueblo tan pintoresco como Cojímar (el mismo que inspiró al Ernest Hemingway que conquistó el Premio Nobel con El Viejo y el Mar), o con Bacuranao, Tarará, Mégano, Santa María del Mar, Boca Ciega y Guanabo, nombres de atractivos entrantes de un litoral donde abundan cálidas y transparentes aguas verde-azules, arenas blanquísimas, arrecifes coralinos y cocoteros. Mas, sería una lástima que se quedaran con la «simple» idea de que los hechizos de La Habana se pueden encerrar en saludables baños de playa y sol, o en la práctica de snokerling y buceo, que también es posible.

Ni siquiera sería justo que vinieran en busca únicamente del afamado tabaco, de la experiencia de presenciar cómo se tuerce un aromático Habanoen añejas fábricas de marcas universalmente conocidas como Cohiba, Partagás, Romeo y Julieta…; o de descubrir, rodeado de aromas dulces y vapores etílicos, cómo se prepara en una factoría alejada de los circuitos turísticos, un ron atípico como el Legendario, elaborado de manera casi artesanal.

Sucede que esta ciudad que limita con las provincias de Artemisa y Mayabeque se hace irresistible por la gente que la habita (tal vez su principal tesoro): culta, hospitalaria, solidaria, alegre, emprendedora..., y por su espléndida cultura: tanto la que permanece vivísima, como esa otra amparada en un potente patrimonio arquitectónico, en tradiciones y costumbres que llenan de merecida vanidad a sus principales protectores.

De La Habana asombran lo mismo su Cristo, la Alameda de Paula (el más antiguo paseo de la ciudad), el Paseo del Prado, el Capitolio Nacional, el Templete, la Plaza de Armas, el Palacio de los Capitanes Generales y la Estación Central de Ferrocarriles, que la 5ta. Avenida de Miramar, Playa. O el Coppelia, el Hotel Nacional, la Universidad de La Habana y la Plaza de la Revolución José Martí, situados en un Vedado con su trazado urbanístico regular y abundantes áreas verdes, donde también sobresale la Necrópolis de Colón, considerada la mayor y más relevante de América.

Eso por un lado, y por el otro, un Palacio de Convenciones listo para recibir el más prestigioso de los eventos o congresos, decenas de teatros, galerías, museos, librerías con títulos que no olvidan ni un solo género, salas de conciertos, centros culturales, ilustres cabarés como el insuperable Tropicana o el vistoso Parisién, presentaciones de compañías de renombre como el Ballet Nacional de Cuba, que dirige Alicia Alonso. Aunque nada superará el privilegio de ser testigo de una descarga de jazz o de boleros, de mover todo el cuerpo al compás de una rumba de solar, o de bailar salsa y timba con orquestas de alta convocatoria, lo mismo en las Casas de la Música, que en el populoso Salón Rosado de la Tropical. Se trata de espectáculos únicos, que marcarán al que lo viva para siempre. Sería tan excitante, de seguro, como disfrutar en el Estadio Latinoamericano del Cerro de un reñido juego de pelota que forme parte de la Serie Nacional de Béisbol.

No es su fuerte, pero si incluso algún visitante anduviera persiguiendo aire puro, relax, tendría al alcance de sus pies el Jardín Botánico Nacional, con sus 600 hectáreas de vegetación que expone tanto la flora nacional como la del resto de los trópicos del planeta. O muy cercarnos de allí a Expocuba, un amplio recinto de exposiciones, o el polifuncional Parque Lenin, perfecto para el pasar un día de descanso y esparcimiento.

 Igual en las afueras hay mucho que encontrar. Ahí están poblados como San Francisco de Paula, donde radica La Vigía, la hermosa finca de recreo del autor de Por quién doblan las campanas; o al estilo de Santa María del Rosario, tan singular con su ambiente de antaño y su antiguo balneario de aguas medicinales.

No obstante, si lo que le atrae de la Isla es la probada calidad de los servicios de salud que en ella se ofrecen, lo ideal sería entonces elegir a La Habana que, como si no fuera suficiente con que en 1982 la UNESCO declarara su centro histórico Patrimonio de la Humanidad, cuenta con instituciones médicas que medio mundo envidiaría: los centros internacionales de Retinosis Pigmentaria, de Histoterapia Placentaria, y de Restauración Neurológica (CIREN), el Hospital Clínico-Quirúrgico Hermanos Ameijéiras, el Ortopédico Frank País, el Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas (CIMEQ), el Instituto Pedro Kourí, especializado en la lucha contra las enfermedades tropicales...

 

Sí, es increíble La Habana, con su centro colonial más importante del Caribe, con sus viejos edificios que hablan de un rico pasado; poseedora de una robusta cultura que le permite presentar con orgullo el presente y soñar un espectacular futuro. Por eso la aman los poetas cuando le cantan: Habana, mi Habana,/ si supieras el dolor/ que siento cuando te canto/ y no entiendes que es amor... Y uno de veras les entiende y les cree.